Lunes, 18 de diciembre de 2017

Ocurrió la semana pasada

A ver cómo les cuento yo a esos amigos que se desesperan con sus problemas que la semana pasada los políticos que están en vías de solucionárselos competían en  televisión con la práctica de deportes de alto riesgo, tanto... tanto... que para qué nimiedades como desahucios, paro, subsidio de supervivencia, sueldos de miseria, comedores sociales, etc. Lo que ellos practicaban, a pesar de ser deportes caros, sí que entrañaba grandes riesgos.

[Img #578164]El Partido Socialista participó con el Descenso de cañones, o sea, barranquismo, que consiste en recorrer el curso de un río saltando, corriendo, nadando y buceando, siendo el peor contratiempo de este deporte el agua turbia. Su capitán, Pedro Sánchez, se empleó a fondo y hemos de reconocer que estuvo sobresaliente. Además, terminada su participación, en ningún momento presumió de ello, ya que a pesar de su destacada solvencia estuvo respetuoso con los demás competidores. En su pesar, quizá quedase un poco decepcionado con Pablo Iglesias, que competía en las mismas aguas en la modalidad de rafting y de quien no recibió la menor ayuda. No obstante, Pedro, persona ponderada, esto no lo tendría en cuenta, pues sabedor de las dificultades con las que cuenta Pablo, a quien las mareas le tienen hipotecada hasta la cinta del recogido, de antemano ya no contaba con ella.

Otro contendiente, el PP, escogió la práctica de la Espeleología, un deporte de invierno que se practica en cuevas, y para ello deben abstenerse los alérgicos al barro y a la humedad. Unas precauciones absurdas, ya que ni siquiera hizo falta tenerlas en cuenta, pues acostumbrados al plasma, con las pantallas divididas en cuatro ventanas desde las que se transmitía todo el campeonato en sus distintas modalidades, se limitaron a acampar a la entrada de la cueva y divertirse con los esfuerzos de Albert Rivera en la Escalada –del que ya hablaremos– y de Pedro en el Descenso de cañones, de quienes un líder irónico y divertido como Mariano Rajoy sacaba lúcidas ironías para distraer a todo su equipo. En su honor, debemos decir que tuvo un gesto de magnanimidad con Pedro lanzándole algunos consejos, esto a pesar de las dudas que le embargaban sobre la limitada inteligencia de éste y de su gente para que le comprendieran.

El partido de Podemos, ya lo hemos referido anteriormente, apostó por el Rafting, o sea, grupos de personas subidos a lanchas sin motor y con un monitor cerca siempre atento a dar todo tipo de  indicaciones. Ese monitor era Pablo Iglesias, presto a convencer a sus aliados de que había que remar en estos ríos revueltos antes de llegar a las ansiadas islas independientes que les ofrecerán otros mares. No obstante, Pablo era consciente de que su equipo, o mejor dicho su selección, no daba para ganar. Había derrochado demasiados esfuerzos en el plano estratégico y para el práctico quedaban muy pocas energías. Ganar era una utopía. Por tanto, se debía tirar de Didáctica y vender la derrota como si fuera una gran victoria. Para ello bastaba con subir el tono de conocimientos tal como si se tratara de Jordi Hurtado y, por consiguiente, con escaso éxito, entrar en subterfugios de otras épocas, pues un avezado Pedro –ya hemos dicho que los peores contratiempos del Descenso de cañones son las aguas turbias– no cayó en nada que le obnubilase la mente. Y esto no quita que seamos justos y reconozcamos en Pablo a un excelente orador, pero en esta ocasión no estuvo al nivel por el que es estimado.

Ciudadanos, Rivera al frente, concurrió con uno de los deportes más impresionantes: la Escalada. No hace falta decir mucho más. Una modalidad altamente conocida, muy dura y que da grandes satisfacciones. Había sumado fuerzas con Pedro para entre ambos dar oxígeno a las grandes carencias del deporte nacional, tan destemplado desde aquel 2010 en el que el pueblo unido, campeón del mundo, cantaba aquello de “soy español-español-español, soy español-español-español”. Pero por la pareja nadie daba un euro y no parecía fácil que ese intento de Albert Rivera y Pedro Sánchez, con presupuestos económicos tan diferentes, se mantuviera inamovible durante toda la semana sin que nadie les hiciera pestañear o que Albert no se tambaleara en su escalada. Sin embargo, Rivera mantuvo el compromiso de doscientas medidas de urgencia ya acordadas con anterioridad y nadie, ni siquiera quien hurgó en aquel silencio de Pedro Sánchez sobre el campamento base de las diputaciones le hizo dudar de que la pared que había tomado era la más acertada.

El resultado del campeonato no dio votos suficientes para conceder la presidencia de la Federación a Pedro Sánchez, con lo que seguirán otros ensayos y mejorarán, quién lo duda, los programas de entrenamiento. Los aficionados, ya se sabe, aunque amordazados, podrán tocar el pito al himno y sabrán esperar.

Por último, dadas las alusiones que realizaron los contendientes, el árbitro de la competición, Patxi López, hubo de dar la palabra a varios deportistas que se sintieron aludidos negativamente. Patxi estuvo acertado y cortó con prontitud estos minutos de gloria con los que algunos querían justificar su baja forma en la contienda. Quizá Sánchez, tan acertado en otras cuestiones, debería haber sido más contundente y al finalizar debió pedir la palabra para responder con un chiste sobre el galleguismo de Mariano. Un ejemplo: allende los mares, donde los gallegos fueron a calderadas, también tuvieron que pasar por la aduana de los tópicos, y en una tertulia con nativos un asistente tomó la palabra para decir al resto: “Les voy a contar unos chistes de gallegos”. Alguien se levanta: “Señor, le aviso de que yo soy gallego”. “¿Ah, sí? No importa, no se preocupe, que yo se los explico luego”. (Es un chiste; que ningún gallego se sienta ofendido, por favor).