Lunes, 11 de diciembre de 2017

Lucas, parábolas de la misericordia

 

12794364_555955571248306_216619114663683Dom 4 cuaresma, Lc 15, 1-3.11-32. En contra de lo que a veces se suele pensar, el teólogo de la misericordia en el NT es Mateo, desde las Bienaventuranzas (5, 7) hasta el juicio (25,31-46). Lucas, en cambio, es el poeta de la misericordia, empezando por sus dos himnos (Benedictus y Magnificat) y terminando con sus parábolas, que hoy quiero presentar, según pide la liturgia.

El evangelio de este domingo 4º de Cuaresma es la parábola del Padre (hijo) Pródigo. Pues bien, junto a esa ofrece Lucas la parábola del Buen Samaritano. Ambas se completan, ofreciendo de esa forma el rostro del Padre misericordioso y pródigo en amor (como muestran algunas imágenes), junto al rostro y camino del Hijo misericordioso y samaritano

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Será buen ejercicio cultural y religioso comparar ambas imágenes del Padre Misericordioso:

-- La primera es de Rembrandt, calvinista holandés de Amsterdm, gran cristiano, que insiste en la relación entre los dos hermanos... Por un lado las obras de la Ley (hermano mayor), por otro la prodigalidad del Padre.

-- La segunda es de Murillo, católico de Sevilla.... Nos lleva de la "sinagoga" al pueblo; el hermano mayor es un trabajador que vuelve cansado del campo, el pródigo es casi un pícaro-semiarrepentido... (pero siga pensando y comparando el lector)

Las otras imágenes son de un pintor alemán del siglo XVI y de un catalán del XIX, con la portada de nuestro libro.

El lector podrá ver unidas las dos parábolas, las dos primera imágenes, de un modo esquemático, siguiendo el texto que he escrito con J. A. Pagola (Entrañable Dios, Estella 2016). Buen fin de semana a todos. Con Lucas os dejo, buena compañía.

1. Misericordia samaritana (Lc 10, 25-37).

Un jurista, experto en Biblia, le dijo “cómo podré heredar la vida eterna”, y Jesús contestó “cumple los mandamientos, amar a Dios y al prójimo” (10, 25-28); y como el jurista quisiera justificarse (¿quién es mi prójimo?), Jesús contó una parábola:

Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de desnudarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión (esplangnisthê); y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores? Él dijo: El que practicó la misericordia con él. Díjole Jesús: Vete y haz tú lo mismo (Lc 10, 25-37)

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Esta parábola pone de relieve la compasión del samaritano, de entrañas maternas, que se hace prójimo del herido, insistiendo en el carácter novedoso del amor, que rompe el esquema comercial de do ut des, para abrirse de un modo universal, condenando el cinismo de un mundo sin Dios, donde los ricos del mundo saquean y explotan a los pobres con sus grandilocuentes razones de seguridad o progreso (cf. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret I, Madrid 2007, 239).

Para entender mejor el sentido de la parábola, podemos suponer que el herido del camino bajaba de Jerusalén a Jericó, tras haber orado, y lo hacía dando un rodeo, para tomar la ruta del Jordán hasta Galilea, evitando así el camino de los samaritanos (cf. Lc 9, 52). Podemos suponer que su oración de templo ha sido buena, y sin embargo, le asaltan y desnudan para robarle los vestidos. En principio los hombres desnudos se parecen mucho, de manera que no hay diferencia entre mendigo y monarca, millonario y pobre.

Pero, mejor mirados, incluso los desnudos ofrecen ciertos signos distintivos, como la circuncisión, que permite saber si eran judíos o no. Quizá este herido era gentil incircunciso, y los “clérigos” lo vieron, y no pudieron ayudarle, para no contaminarse con impuros. Quizá estaba muerto, y tampoco podían ayudarle, pues los muertos contaminan a los puros sacerdotes. Sea como fuere, pasaron de largo. Pero vino al fin un samaritano, y mirando sintió compasión (como el Dios de Ex 3, 7-8). No tenía prejuicio de ley, le importaba el herido, y así se paró, miró, le tocó y le curó con aceite, y, montándole en su cabalgadura, le llevó a la posada, un hostal/hospital de caminantes.

Sólo ese samaritano con misericordia se hizo prójimo del herido, como dice el texto (tuvo compasión: splangnisthê, añadiendo que realizó con él unas obras de misericordia (eleos): le curó, le llevó al hostal y pagó la cuenta al hostelero. Levita y sacerdote no quisieron (ni pudieron) expresar misericordia, pues se lo impedían sus leyes de pureza religiosa, pues eran miembros de un sistema que pone la ley (orden económico, razón de Estado) sobre la ayuda a los necesitados.

2. Misericordia pródiga (Lc 15, 11-32).

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El samaritano ayudaba al herido sin conocerle. Por el contrario, el padre pródigo acoge al pobre porque es hijo suyo, aunque ese hijo le haya exigido antes la herencia y la haya gastado de manera inconveniente, hasta quedar hambriento y volver por pan a la casa del padre:

Estando todavía lejos, su padre le vio y tuvo misericordia (esplagkhnisthê) y, corriendo, se echó a su cuello y le besaba. El hijo le decía: Padre he pecado contra ti... Pero el padre dijo a sus criados: Pronto, traed su vestido primero y vestidle... porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado. Y comenzaron a celebrarlo. El hijo mayor estaba en el campo. A la vuelta, cerca ya de casa, oyó la música y el baile; llamó a un criado y le preguntó qué pasaba. Él contestó: Ha vuelto tu hermano y tu padre ha mandado matar el ternero cebado, porque ha recobrado a su hijo sano y salvo. El se indignó y se negaba a entrar... (cf. Lc 15, 20-28).

Protagonista es el padre misericordioso, que espera y acoge con fiesta al hijo pródigo, queriendo que también lo haga su hermano, de forma que convivan y compartan ambos en amor la casa, como quiere Jesús que los judíos “puros” acojan a los expulsados e impuros, separado de la alianza israelita. La parábola no dice si el hijo/hermano pródigo viene arrepentido, sino que tiene hambre. La necesidad le lleva de nuevo a la casa de su padre, no el cariño.

Vuelve por hambre, no por bondad, pero lo hace, y el padre le ama y ese amor misericordioso puede transformarle. Por su parte, el hermano mayor que protesta no es malo, pero quiere mantener el orden de la casa, según la ley normal y, por eso, para justificar su ley, rechaza la misericordia del padre, que ha dado de nuevo la casa al hijo pródigo. Estrictamente hablando, ni el pródigo es justo (es sólo un perdido en busca de comida), ni el mayor injusto (es simplemente un hombre de ley). Misericordioso y bueno es sólo el padre porque quiere que los dos hermanos vivan en perdón, juntos en la misma casa, en abundancia compartida.

Así termina el texto, dejando el tema abierto: no sabemos si el mayor entrará en la casa, que el padre ha vuelto a dar al pródigo, ni si el pródigo se dejará transformar, ni si entrará el mayor en casa… El final depende de los oyentes/lectores, que deben responder y completar lo planteado por Jesús: ¿Acogerá el mayor al pródigo? ¿Podrán convivir en una casa? Esas preguntas nos sitúan en el interior del evangelio y de la vida de la Iglesia, de manera que nosotros mismos debemos responder a la parábola, introduciéndonos en ella.

De un modo normal, la catequesis ha utilizado esta parábola con fines pedagógicos: para que los pródigos se conviertan y los mayores les acepten en casa. De todas formas, la parábola no exige, en principio, que el menor se convierta; sólo dice que vuelve y que el padre le recibe gozoso, sin exigirle conversión ni imponerle obligación alguna. De esa manera, ella, la parábola nos deja ante el hermano mayor, que corre el riesgo de quedarse aislado, fuera de la Casa de Misericordia y del amor del padre (y de la compañía de su hermano), porque el padre no puede (no quiere) volverse atrás.

Así acaba sin acabar este relato de la Misericordia Pródiga del padre que quiere a los dos hijos en casa, a cada uno a su manera. Por eso acoge al pródigo, y luego sale a la puerta y se pone a conversar con el mayor, escuchando sus reclamaciones y procurando convencerle: ¡Recibamos a tu hermano…! El milagro parábola no consiste en el arrepentimiento del menor, sino en la ternura del Padre, que le perdona y acoge otra vez en su casa, para empezar de nuevo su historia de amor.

Palabras supremas de misericordia. Un ejercicio
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Analizar las dos parábolas, y trazar sus semejanzas y diferencias.
Identificar al samaritano con Dios (y con Jesús). ¿Qué significa en este mundo un Dios samaritano?
Comparar al padre del pródigo con un padre o madre de familia, cuyo hijo se ha ido de casa.