Viernes, 15 de diciembre de 2017

El Padre bueno

Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte que me toca de la fortuna (…) No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente… (Lc 15, 11-32).

     El relato recalca la misericordia de Dios hacia los pecadores arrepentidos y su alegría ante la conversión de los descarriados. Las tres escenas que se dan en esta parábola son: el pecado, el arrepentimiento y el perdón. Representa a la humanidad pecadora y descarriada que se ha olvidado de Dios.

El protagonista de este relato es el padre misericordioso, que espera y acoge con una gran fiesta al hijo pródigo, queriendo que también lo haga su  hermano. Misericordioso y bueno es sólo el padre porque quiere que los dos hermanos vivan en perdón, juntos en la misma casa, en abundancia compartida. El hijo mayor quiere mantener el orden de la casa y, por eso, para justificar su ley, rechaza la misericordia del padre, que ha dado de nuevo la casa al hijo pródigo.

El Padre. De esta parábola quiero resaltar algunas ideas sobre el Padre. El protagonista de esta parábola no es el hijo, es el corazón del Padre, con un  amor incondicional, incluso, parece demasiado bueno, que respeta la decisión alocada del hijo, que huye en busca de placeres sin saber qué rumbo tomar. Calla y les deja hacer. “Y el Padre les repartió la hacienda” (Lc 15,12).

La actitud del Padre, respeta la libertad de su hijo tanto cuando se va, como al volver. No acelera la vuelta, pero salía diariamente a la espera del hijo; en cuanto le ve llegar, le va al encuentro, le abraza, le besa, le deja hablar; le prepara un convite, le viste con vestiduras ricas, le da el anillo de la reconciliación. Más no se puede pedir este perdón, es un amor extraordinario.

Podemos olvidarnos de Dios, pero Él jamás se olvida de nosotros. Dios nunca nos abandona, por mucho que corramos. Él va siguiendo nuestros pasos. Un hijo puede olvidarse de su madre, pero la madre no se olvidará nunca de su hijo; pues aunque ésta se olvidará, Dios no se olvidará (Is 49,15-16). El padre no abandonó a su hijo, aunque se quedó en casa, su corazón seguía palpitando con él, pues el amor no se puede encerrar en unas paredes y no sabe de distancias. El padre ve al hijo desde lejos y siempre está dispuesto al encuentro. El padre esperaba con amor la vuelta del hijo. El padre de la parábola es Dios. En ella se presenta el amor misericordioso de Dios. Y Dios es un padre que: respeta, sufre, acoge, perdona, que tiene entrañas de misericordia y toda su riqueza está en sus hijos y es para ellos. ¡Grande es el amor del padre! El padre cubre al hijo con su amor como si fuera un vestido de fiesta. En el vocabulario del padre figuran palabras como “alegría”, “fiesta” e “hijo”, y también “nuevamente vivo”, mientras que en el vocabulario del hijo destacan palabras como “hambre” y “miseria”, “algarrobas”, “cerdos” y “jornaleros”. El hijo es acogido ahora en el mundo del padre.

     El padre, al ver a su hijo que regresa sale a buscarlo corriendo y antes de que diga palabra alguna lo abraza y lo besa. Lleno de alegría ordena "Poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta". "Sacad el mejor vestido, y vestidle". Un vestido de fiesta confeccionado con una tela preciosa. En el antiguo oriente si se deseaba honrar a alguien se le daba una ropa lujosa ."Y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies". Un anillo y calzado. El anillo era en realidad un sello con el nombre familiar que se empleaba para firmar documentos legales mientras que el calzado era para indicar que ya no era más un esclavo o un sirviente.

     El padre introdujo en su casa al hijo perdido y explicó su alegría a los miembros de la familia e invitados en los siguientes términos: "Porque mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado". Hay dos imágenes muy importantes en este pasaje: La resurrección de los muertos en las palabras "muerto era, y ha revivido" y la reunión de los exiliados de los cuatro puntos de la tierra en la expresión "perdido, y es hallado".

     El Padre siente una gran alegría e invita a los demás a alegrarse con él. Pero no, no todos se alegra, al contrario, el hijo mayor  no puede comprender por qué su padre "ha tirado la casa por la ventana" cuando vuelve su hermano perdido. Él alega que ha sido fiel, que se ha quedado en casa; pero esa permanencia en la casa del padre no le había llevado aún a la confianza y a la alegría con él y en él, sino a una espera por recibir un buen sueldo. El padre le ruega, sin embargo, que se reconozca como hijo, y lo abraza, y le dice que "todo lo mío es tuyo". Y también que se reconozca hermano de ese "mi" hijo que es "tu" hermano, el que ha vuelto de las miserias extrañas a nosotros...