Domingo, 17 de diciembre de 2017

Veinte años, un mundo

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“Le falta el egoísmo de los grandes campeones”. En estos términos se pronunciaron algunas personas del entorno de Miguel Indurain, con la cadena de su Pinarello aún caliente, después de que el navarro finalizara segundo, por detrás de Abraham Olano, el mundial de Duitama, Colombia, en 1995. Un demarraje del guipuzcoano colocó a Miguel en la complicada tesitura de tener que controlar a Pantani y a Gianetti para favorecer la acción de su compañero de selección, a riesgo de actuar en contra de su propia gloria. Magistral en su labor de intimidación, ni el italiano ni el suizo osaron retar al pentacampeón del Tour y gran señor del pelotón internacional. Aquella tarde, el ciclista navarro solo se equivocó en un pequeño matiz cuando, cuestionado en rueda de prensa sobre si le invadía un sentimiento de decepción personal, declaró que habría más mundiales.

 

No los hubo. No hubo arco iris que adornara su pedaleo mayestático, como no hubo vueltas a España ni clásicas de primavera en su historial. Sus vivos colores se disiparon en el cielo colombiano como lo hicieron las muchas etapas que concedió a sus rivales en el Giro y en el Tour. Resulta que Miguel dirigía el pelotón con el arma más poderosa de que goza un gobernante: la indulgencia. Y lo mejor de todo es que no lo hacía por impostura o estrategia –aunque algunos afirmaran lo primero y otros pensaran lo segundo–. Lo cierto es que desde su 1,88 de humanidad y, más aún, desde el pedestal al que le elevaba su intachable ética, se labró el respeto de sus compañeros de equipo y la admiración del conjunto de su profesión.

 

Lo dice alguien que creció, casi sin saberlo, viendo sus triunfos y llorando, literalmente, su última y gran derrota, la del Tour de 1996 (la Vuelta a España de aquel año, sinceramente, ya la he olvidado), en el que había de ser su sexto paseo triunfal por los Campos Elíseos. En una etapa trampa, casi al final de un recorrido con menos kilómetros contrarreloj de lo habitual y que se vio fuertemente golpeado por una meteorología adversa, Miguel llegaba asfixiado a Pamplona, su patria chica, a cola del segundo grupo y ocho minutos más tarde de que lo hubiera hecho Bjärne Riis, el líder de la clasificación. Alguno de los ciclistas que encabezaban la fila de corredores giraron la cabeza esperando ver a Indurain pasar a su lado para adelantarse y recibir el homenaje de su afición. Pero este prefirió mantenerse allí, el último de aquel pequeño pelotón que le había ofrecido cobijo y rebufo durante aquella jornada dantesca; agredecido, a fin de cuentas, por haber podido llegar a la meta, a su casa, sobre el cuadro –y no debajo– de su bicicleta.

 

Coincidirán conmigo en que, si su magnanimidad fue tachada de anacrónico delirio en los noventa, hoy su comportamiento sería objeto de burla en boca de alguno de esos cínicos que copan los grandes espacios de “información deportiva”. Coincidirá Gardel, desde su tumba, que veinte años pueden contener un mundo si en los extremos de un mismo eje temporal situamos a Miguel Indurain en uno y a Cristiano Ronaldo en otro. Qué pena.