Lunes, 11 de diciembre de 2017

Enamorando cenizas

Publicado en el nº 33 de "El Periódico de la Sierra de Salamanca", febrero de 2016.

Al despertar el día apenas trae la claridad de una candela.

Noto como si saliera de una masa de tempura, de un rebozo de sueños fermentados que se han freído lentamente en el aceite oscuro de la noche. Me ocurre lo que a tantos en esta parada, fonda y humilladero del invierno que es febrero: que me andan por el cuerpo las chirigotas de la gripe.
Día nueve, me digo, y martes… Salgo de la cama como quien fluye de un pantano, y ni siquiera la tercera taza de café logra abrir la trapa de mi ánimo para que empiece la mercadería con las cosas del mundo. Recojo el periódico, lo hojeo y sus columnas me parecen largas dunas de arena. El rastreo estéril que me hago se me llena al poco de polichinelas, de acrobáticos pierrots, de bufones, de títeres irreverentes, embozados de asaltos institucionales…, y demás mascaradas de la política. Todo me vuelve a parecer distorsionado, esperpéntico, sin sentido concertado como cuando en los sueños de calentura de los que no me quiere rescatar la madrugada. Es entonces cuando caigo en la cuenta de que es Martes de Carnaval. 
Me asomo al balcón por ver si el día me reconoce. En la calle bufan los pitos del aire como en un desatado desfile carioca. Las sobremaquilladas nubes sueltan su lluvia como en latigazos de confites que se estrellan contra las ventanas. Siento un frío ajeno, y el cuerpo comienza a danzar una tiritona que parece el baile de san Vito. 
¡Pues anda! -acierto a  decirme- con lo que tengo que hacer y hoy se me llega todo disfrazado. Y es que –me cuenta el diario- hasta los tiempos parecen camuflarse, que el año, el 4714 de la era china, se nos ha puesto la careta de un mono ígneo. 
Decido, para huir de la pantomima en la que me quiere enredar todo, ponerme a las tareas de la casa: a recoger la ropa del tendedero cubierto, a poner el lavavajillas, a cocinar…, esas cosas que tanto restauran en la realidad. Pero noto mis patosos andares por la casa, mis pasos traqueteados, la torpeza de mis haceres y esquivos de los desvaríos que corretean por mi cabeza. Sonrío, y me digo que a cualquiera que me viera le parecería un “patahenos” albercano; esos carnavaleros personajes enfundados como almohadones en un saco de seca hierba y con más voluntad que equilibrio para zafarse de los envistes de un astado burlesco. Y es que eso es mi conciencia: una correría, una cencerrada, una tauromaquia de pensamientos que me envisten como el “mozo-toro” a los patahenos referidos, o como “la tora”, tauro de igual juego y cometido callejero, hace a las gentes en Miranda del Castañar, Villanueva del Conde, Cepeda, u otros lugares serranos; o como “la osa”, que es la que persigue  a las de San Martín del Castañar, en cualquier mañana del martes más  bufo del año.

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   Un buen caldo es lo que necesito-me recomiendo- y me pongo con las hortalizas, las verduras, el pernicote del jamón navideño, con las carnes. Según pelo las hortalizas, la flojera de mis dedos me delata y llego a sentirme  como el  “pelele” de la festividad de Santa Águeda en Zamarramala, lugar segoviano a donde tantas veces subí para dibujar el bello perfil de la ciudad del Eresma. Sigo con los trajines guisanderos, y se me impone la imagen de una mujer en  penumbra de cocina. Acaso la tarde vaya  crecida, acaso la lumbre meza sus llamas como mecen los ríos sus aguas,  y ella pela las patatas para hacer el puchero de la cena.  Yo entro de puntillas y me escondo para sorprenderla en su soledad hacendosa. Esa mujer bien puede ser mi abuela, o la tuya; mi madre, o la vuestra…, o cualquiera de las que ahora aparecen en mi fiebre con oscuro sombrero, la cara tapada por un pañuelo, florido mantón de Manila, y coloridas sayas que baten frenéticas su baile…, y profieren alaridos y gritos que no  entiendo. Son las carnavalescas  “maragatas”  albercanas que  también acuden a mi delirio, aquellas que aunque buenas y daban caramelos, tanto me asustaban en mi infancia por su terco ocultamiento.
Y es que así se nos oculta la vida, y así no entendemos a veces  las sencillas cosas de los ancestros, aquellos que se pasaron sus días disfrazando la cruda realidad para regocijo nuestro. Me acuerdo de la  anciana que trocaba la negra máscara de la salud en su rostro para sonreír a sus nietos, de la mano que ponía un membrillo en los armarios para vestir las humedades con velos de doncella; del carpintero  que hacía salir de las tablas al caballito balancín; del agricultor que ponía mantones de mies en la tierra, y frutos por los huertos.
Y de lo que lograban las mujeres, en ese gran carnaval que es siempre una cocina, disfrazando el sabor de los alimentos con sus cominos, sus tomillos, la hojita del laurel; o quitándole al nabo su terco sabor a invierno, o poniéndole a la parca berza la verbena que siempre arma de un buen sofrito , o, ya el culmen del disfraz, rebozando la humilde patata para que se sintiera con importancia.
Y dejémoslo aquí, que, como me advirtió mi madre, cuando se añade el pimentón, has de hacerlo con la sartén retirada del fuego, que si no, nadie aguanta el chamusco que le hace el aceite.

E igual ocurre con los guisos de la imaginación.

Dejo aquí, ya en miércoles de ceniza y con los ojos aún de las sardinas, estos párrafos surgidos de un estado febril y que no sé muy bien que me cuentan. Acaso un poco de todo y o de nada; como esa melaza que hacen los cítricos, el chorizo, los huevos, su chorrito de vino, a veces su escabeche o un trocito de carne asada.., y que es el más típico plato de carnaval por las tierras de La Sierra de Francia: esa ensalada alucinada que tanto me gusta llamado “el limón serrano”.
Todo va a ser que es fiebre de escribidor la de camuflar las cosas con sus letras, en un empeño quevediano, y siempre carnavalesco, de seducir al tiempo ido, de encender de nuevo las pavesas de la emoción, y de enamorar las cenizas del recuerdo.

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