Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Motos patinando

Parece signo de los tiempos que cada vez manejemos un vocabulario más escaso; por ello, cada vez somos más pobres… al expresarnos… Y al pensar, que no se nos olvide. Tengo la sensación de que a los diccionarios, aunque sea en Internet, solo nos acercamos los filólogos.

Ya les he contado que, aquí en México, el vínculo con las teles españolas son TVE y A3. Ya sé que, en teoría, se puede ver programas por internet, pero no todos … En fin, no como disculpa sino como contexto, les cuento que suelo ver “El Hormiguero”: porque aquí lo ponen a una hora aceptable y porque, la verdad, es un programa entretenido…

[Img #569686]…en el que a veces se les va la olla: hace un par de semanas –me gusta reposar las cosas y quise esperar a ver si se disculpaban–, salió Marta Hazas, colaboradora habitual, con una especie de sección sobre palabras raras. En realidad, eran palabras poco comunes, en desuso… Raras para ella y los guionistas, parece que sí lo eran.

Sin embargo, el alarde de ignorancia que vi en esos pocos minutos de tele me puso a escribir esto.

En primer lugar, lo tomé como signo de los tiempos: cada vez manejamos un vocabulario más escaso, por lo que, cada vez somos más pobres… al expresarnos… Y al pensar, que no se nos olvide. Cada vez tengo más la sensación de que, a los diccionarios, aunque sea en Internet, solo nos acercamos los filólogos.

Volviendo a la “sección” de la Hazas, no quedó ahí el asunto. En medio de las burlas, Pablo Motos comentó que se imaginaba a los académicos “de cachondeo” –insinuó que en las copichuelas de sobremesa– diciendo algo como “no hay huevos de llamar a esto: (una de las palabras)”.

Como explicación etimológica puede ser simpática –aunque sobre el “no hay huevos” me parece más profunda la reflexión de Leo Harlem–; pero hombre, igual que se montan guirigayes en las redes contra los más diversos temas; igual que en esos foro(fo)s opina todo el mundo como si supiera –de homeopatía, transgénicos o fútbol– con estas cosas de la lengua y las palabras… eché de menos algún meme, tuit o comentario enojado feisbuquero… de un profano o una ONG… Pero no, parece que no hay filólogos sin fronteras… Bueno, sí, muchos nos fuimos, pero no nos hemos organizado.

A ver, gente, explico una vez más: los académicos, o sea, la Academia, no “ponen nombres”; el lenguaje es de todos, la gente lo usa como le da la gana y los diccionarios, académicos y no, recogen esos usos, en forma de palabras. Algunas se “inventan”, siguiendo reglas o, en general, tomándolas de otros idiomas o de otros usos del nuestro.

Esa labor de zapa, esa minería de datos –tengan, modernos, sé usar sus terminajos–, se realiza de distintas formas, según el objetivo que se tenga.

Los diccionarios recogen y explican todas esas palabras: según su uso; según el uso de quienes, antes que nosotros, usufructuaron el idioma; según de dónde vienen o cómo se llevan con reglas establecidas con anterioridad.

Por eso, burlarse de lo que uno desconoce, aunque sean palabras, demuestra ignorancia… y del modelo “tirando a agresiva”; del modelo “si no lo sé yo es que no es importante”.

Vamos, que Motos es simpático y su programa entretenido, pero si lo consideramos fuente de sabiduría idiomática, a lo mejor no nos va del todo bien…

Para concluir, señor Motos, hablar de “los académicos” –como cuando se habla de “los políticos”–, es también signo de unos tiempos que defenestran el saber y a los que saben.

Y ese burlarse de los que saben más que uno –o simplemente de los que saben– además de parecerme muy conservador, tiene un tufillo a agenda propia del medio que le paga… y de otros…

Y esos medios, haciéndonos creer que son un “espejo público” con el que ya estamos “salvados”, nos entierran “allí abajo”, en un “hormiguero” que, a veces, parece más el corral de la Pacheca.

Por no decir aquello de la Bernarda.

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