Sábado, 16 de diciembre de 2017

Definir el amor

Llevo días buscando una definición para el amor. O por lo menos una respuesta que me tranquilice, o una metáfora de saldo. Pero nada. He navegado millas por Internet y por el diccionario. He releído un libro titulado “Te amo”. Y he vuelto a la primera hoja de mi agenda, pero tan sólo había cáscaras.

[Img #561729]He removido en los poemas de Cernuda, en los pronombres de Salinas, en el polvo enamorado de Quevedo, en las películas de Almodóvar, en los horóscopos del teletexto, en las canciones de Sabina, en los test del Super Pop, en “El Cantar de los Cantares”, en cientos de autodefinidos y hasta en las páginas blancas y amarillas. Y me he tenido que tomar una aspirina efervescente, psssssssssssss.

Difícil tarea la de cazar al vuelo la palabra “amor”. Ni hurgando en las cloacas de mis sueños, ni afilando mis neuronas, ni escuchando en un fonendo el corazón, ni entre las líneas de mi mano hallé una pista, una respuesta sólida.

¿A qué huele el amor? ¿A qué demonios se parece? Algunos lo comparan con un taxi en el que subes y te bajas y disfrutas del pasaje o te preocupas con el precio que al final hay que pagar. Otros piensan que el amor es una carrera de fondo en la que hay que poner el plato chico, guardar fuerzas, insistir en cada pedalada y respirar, que ya habrá tiempo para el vértigo y la adrenalina en el descenso.

Y los hay que ven en el amor una piscina en la que puedes tirarte de cabeza o bajar por la escalera. Puedes meterte donde menos cubre y hacer pie, o puedes bucear sin el temor de ahogarte. Uf, qué lío.

¿Qué es el amor? ¿Es una gota de agua en un cristal? ¿Es un vacío largo sin hablar? ¿Es una fruta para dos? Nada de cuanto oigo, leo o escucho me convence. Nada me saca de esta indecisión. De la terrible duda. ¿Es compartir un espagueti hasta juntar los labios? ¿Es un deporte de alto riesgo? 

Nada me dice la A, nada me dice la M, nada me dice la O, nada me dice la R, escribe Félix Grande igual de escéptico. ¿Qué es el amor? ¿Leer a medias el periódico? ¿Andar a saltos entre el tráfico? ¿Cantar hasta quedar afónicos?

Ay. Si alguien me dijera con palabras qué se ama cuando se ama. Si alguien me contara que el amor no tiene límites, que un día hace su nido en nuestro ombligo y crece como un árbol o huye cualquier noche como un ave migratoria. Ay, el amor. Ni Hegel ni Pitágoras ni Gauss supieron despejar con éxito la incógnita, abrir la caja de Pandora.

Ay el amor de Jeremy Iron por Lolita, el amor con IVA de las prostitutas, el amor de ultramar de los pescadores, el amor sin red de los funambulistas, el amor del psicópata, el amor reumático de los ancianos, el amor en Braille, el amor imposible, el amor de los solitarios, el amor del suicida, el amor del loco, el amor de los recién casados, el amor de los homosexuales, el amor de los poetas, el amor de los cardiólogos. Ay, el amor.

Quizá haya que rascar en las novelas de Corin Tellado o en las cartas de los presos o en las carpetas de las colegialas o en el programa –hola corazones– de la Igartiburu.

Quizá el amor sea buscar en la basura o en la piel o en las miradas de los otros, o caminar llorando entre la lluvia o dando cuerda al corazón. Quizá no sea más que alguna flor sin pétalos. Un músculo. Un condón. Un no sé qué que quedan balbuciendo.