Domingo, 22 de julio de 2018

Mascaradas

Probablemente ningún gesto más esclarecedor para testar la verdadera naturaleza de las democracias occidentales, que ese cubrir las estatuas desnudas italianas ante la reciente visita del presidente iraní, renunciando a la propia identidad y a la propia cultura en aras de conseguir unas monedas para poder seguir defendiendo la –ahora ya fútil- identidad propia y la –ya claramente pueril- propia cultura. Ningún discurso más explicativo de la levedad y la superchería de los propios principios –y de sus ampulosos enunciados, sus brillantes preámbulos y sus áureas declaraciones-, que ese silencio bovino de las autoridades italianas, y el [Img #547550]vergonzante coro de las europeas, arrodillándose ante la parcial sensibilidad de los otros justo después de haberlos anatematizado, cogidos del brazo en París o dibujando temblorosas caricaturas del profeta, como enemigos de la civilización occidental. Ni un recuerdo a las sevicias cometidas en Palmira o en la neblinosa Babilonia por la misma sensibilidad ante la que ahora dócilmente los mercaderes se inclinan sin pestañeo alguno; sin memoria de los ahorcados públicamente en las grúas de Teherán, ni de la mordaza de Jafar Panahi, ni de la biblioteca de Bagdad, ni de aquella rabia –quizá aquel orgullo- que nos hacía pasar por justos, cuando en realidad no éramos más que espectadores pasivos esperando la oportunidad para esta vergonzosa mansedumbre, este servilismo moral, este final.

Cuando el criminal Francisco Franco visitó la mísera ciudad en que uno crecía hace medio siglo, las autoridades por él nombradas y por él armadas, levantaron en algunas zonas de la ciudad parapetos de lona pintados de verde que, en su paseo cara al sol, triunfal y motorizado, impedían al dictador contemplar los infectos solares, la podredumbre de las chabolas y la inmundicia en que crecían, crecíamos, mostrándole una falsa imagen de limpieza que ayudase a mantener en sus cargos a tanto incompetente fascista yugo y flechas como pululaba por la pequeña provincia.

La costumbre de ocultar al poderoso las miserias para fingir una realidad mejor que la pura verdad –y el poderoso es hoy sólo el dinero-, se ha extendido y adoptado múltiples formas, entre las que el ocultamiento de la propia historia, como se ha hecho en Italia –precisamente, paradojas del destino, ante la imagen de Marco Aurelio-, el falseamiento de la propia cultura y la abjuración de principios hasta anteayer apellidados de intocables, retratan la lamentable levedad de los enunciados éticos de la mayoría de los dirigentes llamados democráticos, la inexistente fuerza en su defensa de los propios valores y, probablemente para seguir manteniendo puestos y privilegios, como los fascistas de la ciudad de la infancia, la artificialidad, mentira y mascarada de sus propuestas.