Lunes, 20 de noviembre de 2017

Ateneo Español de México

Por el Ateneo habían pasado figuras como Cernuda, Moreno Villa, Buñuel, León Felipe... tantos españoles brillantes e imprescindibles que encontraron una patria, nueva y vieja, desde la que aprender a añorar la que les habían arrebatado aprendiendo a querer a la que les estaban generosamente ofreciendo.

Helena, toma esto como regalo de bienvenida

Seguro que más de uno vio alguna nota sobre esta entrañable institución… Mi primera casa, intelectualmente hablando, cuando llegué a México… Me ayudaron con los papeles, me dieron la oportunidad de conocer a personajes históricos, más o menos conocidos… De darme cuenta de que para quien vive el exilio o la emigración, el último reducto de las patrias, chicas y grandes, es filológico… En el Ateneo conocí asturianos y gallegos con más acento –incluso de comarcas concretas– que muchos de quienes hoy salen en la tele “en representación de” esas tierras.

El habla es inexpoliable e inexpugnable, claro. En el Ateneo di mi primera charla –sobre la Ch y la Ll, cuando perdieron su lugar en el diccionario y se volvieron parte de la C y la L, lexicográficamente hablando–. En el Ateneo vi la final del Mundial 94 e hicimos la “fiesta” cuando Pilar leyó su tesis de Maestría en la UNAM.

En la Biblioteca del Ateneo pude ojear –y a veces hojear, joyas bibliográficas como la revista América o libros de poetas a los que admiraba (y en ello sigo)–.

En el Ateneo supe del Sinaia, de los cafés de chinos, de Max Aub; españoles que llegaron mucho antes que yo me enseñaron a hacerme mexicano sin dejar de ser de donde soy y lo que soy…

Por el Ateneo habían pasado figuras como Cernuda, Moreno Villa, Buñuel, León Felipe; una vez pude ver el cariño emocionado que se le tenía al apellido Cárdenas, en un acto al que acudió doña Amalia Solórzano, viuda del general Lázaro Cárdenas, responsable de que, al término de la Guerra Civil tantos españoles brillantes e imprescindibles encontraran un hogar, una patria, nueva y vieja, desde la que aprender a añorar la que les habían arrebatado aprendiendo a querer a la que les estaban generosamente ofreciendo.

Sí, me digo gachupín, porque es una palabra que me encanta y porque creo en siempre caminar hacia adelante… Pero sentándome, a cada rato, a la vera del camino a ver lo que va quedando atrás, sin sentimentalismos pero disfrutando de la añoranza.

Por eso, me entristecí cuando supe que el Ateneo –del que los horarios laborales y la magnitud de esta ciudad me habían ido alejando, quizá sin darme cuenta– estaba a punto de desaparecer… Y me alegré de la rápida reacción del gobierno mexicano –sí, el de Peña– para evitar que se perdiera una institución como el Ateneo Español de México.

Me he hecho el propósito de retomar contactos y visitas… Y pensándolo, quizá ese alejamiento fue parte de la enseñanza del Ateneo y sus gentes… Algo así como un: “charrito, anda, que ya puedes caminar solo”

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